Pinar del Río, Cuba – Yanara Díaz tiene 40 años, pero el desgaste físico y emocional que arrastra parece mayor. Vive en una pequeña casa al borde de la carretera entre Pinar del Río y Viñales, y como muchas mujeres cubanas, enfrenta los efectos más duros de la crisis energética que azota al país desde mediados de 2023.
Los apagones prolongados —que en muchas regiones alcanzan más de 20 horas diarias— no solo interrumpen la rutina, sino que alteran profundamente la vida cotidiana. “Si la luz viene en la madrugada, tengo que levantarme a hacer las cosas de la casa porque mi esposo no puede”, dice Yanara, quien cuida de su pareja, Gerardo, y su hija de cuatro años.
Cada minuto de electricidad se convierte en una carrera contrarreloj: cocinar, lavar ropa, acopiar agua y adelantar tareas domésticas. “Antes de poner arroz, frijoles y un pedazo de pollo a cocinar, tengo que secarme el sudor de la cara y rezar para que me dé tiempo a poner una tanda de ropa a lavar”, cuenta.
El día de la entrevista llevaban 22 horas sin luz. Cuando finalmente regresó el servicio eléctrico, Yanara corrió a aprovechar el momento. “Esto dura tres o cuatro horas como máximo y después no sabes cuándo volverá”, dice con resignación.
Una carga desigual
La crisis energética ha afectado a toda la isla, pero expertos advierten que las mujeres están pagando un precio más alto. “Las mujeres reciben el peor impacto debido a los roles tradicionales de género en los que asumen la mayor parte del trabajo no remunerado del hogar y de cuidados”, explicó a EFE la abogada feminista Alina Herrera.
Sin electricidad no hay forma de bombear agua, conservar alimentos, cocinar o simplemente descansar. Por eso, Yanara dejó su trabajo en una cafetería y ahora se dedica exclusivamente al hogar. “No puedo trabajar porque alguien tiene que estar pendiente a cuando venga la luz”, lamenta.
Mientras tanto, Gerardo intenta aportar lo que puede con trabajos informales. Moldea cabillas calientes para hacer herraduras, utilizando herramientas improvisadas y una parrilla hecha con restos de ventiladores. “Un saco de carbón cuesta 1,500 pesos cubanos —unos 4 dólares al cambio informal— y lo usamos para todo: cocinar, calentar hierro, hasta para hervir agua”, añade Yanara.
Brechas que se agrandan
El gobierno cubano atribuye la crisis a las constantes averías en las centrales eléctricas envejecidas, la escasez de combustible y la falta de divisas para importar recursos. Pero en ese panorama general, las desigualdades estructurales dentro del hogar han salido a relucir con más fuerza.
“Con 19 horas de apagón, ¿cómo recolectas agua para lavar?, ¿cómo usas una lavadora?”, cuestiona Herrera. “Muchas mujeres terminan lavando a mano o cargando agua en cubos”.
Para Yanara, esa desigualdad es parte de la rutina: “Si Gerardo madruga, no puede ayudarme en casa, así que todo recae sobre mí”. Mientras el calor golpea sin tregua, la familia sobrevive entre tareas divididas, recursos escasos y la incertidumbre constante de no saber cuándo volverá la luz.