Washington D.C. – El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, continúa acumulando obsequios de alto valor de parte de líderes mundiales y ejecutivos de grandes empresas tecnológicas, desatando un debate sobre la ética política y el cumplimiento de las leyes federales que regulan este tipo de presentes.
El más reciente llegó de manos del consejero delegado de Apple, Tim Cook: una placa de vidrio con base de oro de 24 quilates, diseñada por un exsoldado estadounidense que trabaja en la compañía. Este regalo coincidió con un acuerdo mediante el cual Apple se comprometió a invertir 600.000 millones de dólares en el país, tras la amenaza de Trump de imponer aranceles de al menos el 25 % a los iPhone si no se fabricaban en EE. UU.
Obsequios con peso político y simbólico
No solo Cook ha aportado a la colección dorada de Trump. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, le entregó un buscapersonas de oro similar a los usados en Líbano contra Hizbulá, y anunció que lo nominaría al Premio Nobel de la Paz.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, también se sumó a la lista con una réplica dorada del trofeo de la Copa Mundial de Clubes, en agradecimiento al apoyo de Trump para el Mundial 2026.
Otros regalos incluyen retratos, certificados de nacimiento de su abuelo alemán y un avión presidencial en miniatura de la familia real de Catar.
Ley y transparencia en la recepción de regalos
La legislación estadounidense prohíbe a funcionarios federales aceptar regalos personales de mandatarios extranjeros y obliga a registrar cualquier obsequio valorado en más de 480 dólares como propiedad del Estado.
Sin embargo, un informe del Congreso reveló que, durante su primer mandato, Trump y su familia no reportaron al menos 117 regalos provenientes del extranjero, valorados en 291.000 dólares.
En este segundo mandato, el flujo de obsequios es más público y notorio, aunque sigue generando cuestionamientos sobre los límites entre diplomacia, agradecimiento y conflictos de interés.