San Juan — Cada verano, millones de toneladas de polvo se desprenden del desierto del Sahara, en el norte de África, y recorren más de 5,000 millas impulsadas por los vientos alisios hasta llegar al Caribe, incluido Puerto Rico. El fenómeno, conocido como la Capa de Aire Sahariano (Saharan Air Layer o SAL), es completamente natural y ocurre principalmente entre junio y agosto.
Aunque el polvo ayuda a fertilizar los suelos del Amazonas y puede dificultar la formación de ciclones tropicales al transportar aire seco y cálido sobre el Atlántico, también representa un reto para la salud pública debido a la gran cantidad de partículas suspendidas en el aire que respiramos.
¿Qué ocurre cuando respiramos el polvo del Sahara?
Desde el punto de vista clínico, el polvo del Sahara está compuesto por partículas minerales de distintos tamaños. Las más grandes suelen quedar atrapadas en la nariz y la garganta, provocando irritación, congestión nasal, estornudos y picazón en los ojos. Sin embargo, las partículas más finas, conocidas como PM2.5, pueden penetrar profundamente hasta los bronquios e incluso llegar a los alvéolos pulmonares, donde ocurre el intercambio de oxígeno.
Cuando estas partículas ingresan al sistema respiratorio, pueden desencadenar una respuesta inflamatoria. En personas sanas, esto suele traducirse en molestias leves y temporeras, pero en quienes padecen enfermedades respiratorias o cardiovasculares el impacto puede ser mucho mayor.
¿Quiénes corren más riesgo?
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) identifican varios grupos particularmente vulnerables a la contaminación por partículas:
- Personas con asma.
- Pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC).
- Personas con enfermedades cardíacas.
- Adultos mayores.
- Niños pequeños.
- Mujeres embarazadas.
- Personas con diabetes.
En estas poblaciones, el polvo puede provocar:
- Crisis de asma.
- Mayor dificultad para respirar.
- Tos persistente.
- Opresión en el pecho.
- Sibilancias (silbidos al respirar).
- Irritación de garganta y ojos.
- Aumento en las visitas a salas de emergencia por complicaciones respiratorias.
Diversos estudios realizados en el Caribe han encontrado una asociación entre los episodios intensos de polvo del Sahara y un aumento en las hospitalizaciones y visitas a emergencias por asma, especialmente entre niños y niñas.
¿Cómo protegerse?
Si hay una concentración elevada de polvo sahariano, los especialistas recomiendan:
- Permanecer en interiores cuando sea posible, especialmente durante las horas de mayor concentración.
- Mantener puertas y ventanas cerradas.
- Utilizar aire acondicionado con filtros limpios si está disponible.
- Evitar actividades físicas intensas al aire libre.
- Mantenerse bien hidratado.
- Las personas con asma deben seguir su plan de tratamiento y tener disponible su inhalador de rescate.
- Quienes padecen enfermedades respiratorias deben consultar a su médico si presentan un aumento de síntomas.
En días de concentraciones muy altas de partículas, algunos especialistas también recomiendan el uso de mascarillas N95 para personas especialmente vulnerables cuando necesiten permanecer en exteriores, ya que estas filtran partículas finas con mayor eficacia que las mascarillas quirúrgicas.
No todo es negativo
A pesar de sus efectos sobre la calidad del aire, el polvo del Sahara también tiene beneficios ambientales. Según la NOAA, sus masas de aire seco ayudan a limitar el desarrollo de algunos ciclones tropicales durante la temporada de huracanes y aportan minerales que fertilizan ecosistemas como la selva amazónica. Además, son responsables de los característicos amaneceres y atardeceres de tonos rojizos que suelen observarse durante estos episodios.
Para Puerto Rico, donde el polvo del Sahara es un visitante frecuente cada verano, conocer sus efectos permite tomar medidas sencillas para proteger la salud, especialmente entre quienes ya viven con enfermedades respiratorias.